Para Anna Viesca Sánchez, la crisis climática, la desigualdad social y la falta de oportunidades no son problemas separados. Son capas de una misma realidad que afecta de manera directa a las juventudes mexicanas: precariedad laboral, territorios contaminados, migración forzada, ansiedad climática y una sensación constante de incertidumbre.
Su activismo parte de una pregunta incómoda pero necesaria:
¿Qué tipo de futuro estamos construyendo para quienes hoy son jóvenes?
Desde ahí, su discurso deja de ser abstracto y se vuelve concreto, cotidiano y político.
Juventudes como sujetas de derechos, no como espectadoras
Uno de los aportes clave de Anna Viesca Sánchez es insistir en que las juventudes no deben ser vistas solo como “agentes de cambio” en el discurso, sino como sujetas de derechos en el presente. El derecho a un ambiente sano, a la participación, a la movilidad, a la educación y a una vida libre de violencias son parte de una misma agenda.
En sus intervenciones públicas y comunitarias, Anna ha subrayado que no se puede pedir a las juventudes que “salven el planeta” mientras se les niegan condiciones mínimas para vivir con dignidad. Su enfoque cuestiona la narrativa que romantiza el sacrificio juvenil y exige responsabilidad intergeneracional.
Entre justicia climática y justicia social
El derecho a un futuro habitable, como lo plantea Anna, no es solo ambiental. Es también social, económico y cultural. Implica reconocer que no todas las juventudes enfrentan la crisis desde el mismo lugar y que las más afectadas suelen ser jóvenes racializados, mujeres, personas LGBT+, migrantes y habitantes de territorios históricamente marginados.
Por eso, su activismo conecta la justicia climática con la justicia social, apostando por soluciones que incluyan participación comunitaria, políticas públicas con enfoque juvenil y una narrativa que devuelva a las juventudes la capacidad de imaginar futuros posibles.
Defender el mañana desde el hoy
El mensaje que atraviesa el trabajo de Anna Viesca Sánchez es claro: el futuro no se hereda, se defiende desde ahora. Reconocer el derecho de las juventudes a un futuro habitable es también una forma de replantear prioridades como sociedad y de exigir decisiones que no hipotequen la vida que viene.
En un país donde muchas y muchos jóvenes sienten que el futuro se les escapa, su voz recuerda que exigirlo no es un acto de ingenuidad, sino un ejercicio legítimo de ciudadanía.
